16 de octubre de 2012

El talismán de una generación de dioses.



Mucho se ha hablado de Francia en estos últimos días, el partido que se nos avecina en unas horas ha hecho remover el pasado en busca de noticias que generen un mínimo interés por parte de los aficionados. La prensa ha hecho su habitual repaso a la historia de Francia, una historia que todos conocemos ya muy bien, que si Platini, que si Arconada, que si la gloriosa Francia de Zidane y como la temíamos por aquel entonces, que si ahora han cambiado las tornas y son ellos quienes nos temen… Historias que resultan ya algo repetitivas, historias que nos han contado en infinidad de ocasiones y que desgraciadamente, por mucho que pase el tiempo, siempre nos van a volver a contar. Sin embargo, la historia que aquí os presentamos es una historia diferente, distinta, poco conocida pero igual de interesante, es la historia de un beso.

Para ello, debemos viajar al pasado y situarnos en Junio de 1998, más concretamente el día 12, el día que empezó nuestra historia. Francia se engalonaba con los mil y un colores que atrae un mundial de fútbol, y en cada rincón de la antigua Galia se respiraba ese aroma a balompié por los cuatro costados. La ilusión por vivir semejante acontecimiento se equilibraba con las dudas de una Francia que futbolísticamente, pasaba por uno de los peores momentos de la historia. Los años anteriores al mundial, Francia había saltado de ridículo en ridículo. Sin tener una referencia clara desde Platini, los galos andaban sumergidos en una crisis de identidad. Siempre llevaba una selección potente, con jugadores de muy alto nivel, pero siempre acababa fallando. Nunca se supo muy bien la razón, quizás el legado que había dejado el propio Michel Platini era tan glorioso como pesado, y Francia en ese momento no sabía como levantarse. Necesitaba algo que devolviera la esperanza a su país, algo a lo que agarrarse con fe para devolver la ilusión a su pueblo, y, aunque muchos todavía hoy lo desconocen, ese algo iba a ser un beso.

Pero debemos volver a ese 12 de Junio de 1998. Tras dos días de impaciencia en el país, Francia iba a debutar ante su público contra Sudáfrica. Era el estreno de “les bleus” en el mundial y el día en el que empezó toda esta historia. Con los onces de cada equipo ya en el campo, las cámaras se percataron de algo poco común, una especie de patrón de conducta sagrado que iba a tener su comienzo en ese mismo instante, un gesto que pasará a la historia de la superstición, un gesto mágico y respetuoso, llegó el momento del beso. Pero no un simple beso, no era un beso de enamorados, ni un beso de novios, ni siquiera un beso corriente, era algo tan curioso como un beso en una calva. Los protagonistas, Laurent Blanc y Fabien Barthez, el primero, el besador, el segundo, el besado. Todos los presentes que se habían dado cita en el Velodrome de Marsella vieron como el defensor central había ido corriendo a buscar a su compañero para darle ese beso en forma de talismán, ese beso que empezó como una simple curiosidad y terminó como el símbolo de aquella generación de futbolistas.


Los partidos se sucedieron y el beso siempre estaba allí, antes de que el árbitro diese el pitido inicial, antes de que el balón echara a rodar, él siempre estaba presente, como si diese la sensación de que el encuentro no podía comenzar si antes nuestros protagonistas no se habían buscado. Puede parecer increíble, pero el beso daba resultado, una y otra vez conseguía salirse con la suya, era una especie de reivindicación. Sudáfrica, Arabia Saudí, Dinamarca, Paraguay, Italia y Brasil, todas ellas sufrieron el implacable efecto de ese beso. Todavía hoy, muchos recuerdan ese mundial como el mundial de Zidane, el mundial de Aimé Jacquet o el mundial de esa fabulosa generación de futbolistas franceses, pero nadie, o muy pocos, se acuerdan de ese mundial como el mundial del beso de Blanc a Barthez. Quizás muchos piensen que esta historia no tiene sentido, que todo fue gracias a que esos hombres que vestían de azul eran muy buenos, y quizás tengan razón, pero nosotros, por si acaso, queríamos contarlo. Que cada uno piense lo que quiera, pero… ¿No sería extraordinario pensar que fue un beso el generador de esta histórica gesta? Ahí os lo dejamos.