11 de septiembre de 2013

El regreso del ídolo exprés.


El fútbol vive de historias increíbles. Historias de jugadores que quedarán para el recuerdo por hechos, palabras, jugadas, goles o asistencias. Esa clase de jugadores, capaces de levantar estadios y serigrafiar miles de camisetas con su nombre, son generalmente ídolos de un afición a la que llevan siguiendo casi desde que empezaran su carrera futbolística. Hablamos de los llamados “jugadores de club”, formados en la entidad y triunfadores de una sola camiseta. En este aspecto, bien podríamos encuadrar a nombres de la talla de Raúl González, Pep Guardiola, Rafael Gordillo o en un aspecto más reciente, Jesús Navas o el veterano Patxi Puñal. Todos ellos crecieron en un mismo club, alcanzaron la gloria ante una afición que los vio dar sus primeros pasos con el balón. Es por ello, que un ídolo ya nace con los galones que le otorga el haber empezado a defender una camiseta con la que lleva años sudando.

Sin embargo, también hay casos excepcionales. Casos en los que el sujeto no precisa de mucho más tiempo que de un par de partidos para empezar a camelarse a una afición. Normalmente, este tipo de sujetos llegan avalados por grandes temporadas o actuaciones en otros clubes, por lo que si rápidamente superan las expectativas marcadas, el público ya sabe que tiene ante si a un nuevo jugador al que corear su nombre y aplaudir fervientemente cuando entra o sale del terreno de juego. Son jugadores que llegan con una batuta marcada, con una fijación y un peso especial sobre sus espaldas, se espera mucho de ellos desde el primer balón que tocan, y eso no siempre sale bien.

Pero en el fútbol hay otro tipo de caso, un tercer suceso que solo puede otorgar a un sujeto el deporte rey. A este suceso se le conoce comúnmente como “llegar y besar el santo”. Se da muy pocas veces, en contadísimas ocasiones, y cuando ocurre, uno no sabe si encumbrar al momento al jugador o tener una paciencia que el cuerpo apenas aguanta. “Ha sido increíble, pero hay que verlo más”, una frase típica que suele escucharse al término de estos casos. Pero luego, te das cuenta de que el jugador lo vuelve a hacer, y al siguiente partido otra vez, y al siguiente, otra vez. Y es entonces cuando el cuerpo no aguanta más y saca todo el júbilo que contenía desde la primera vez que ese jugador hizo lo que hizo. Y ya no se precisa de más, lo pasado poco importa y lo que tenga que venir que venga, pero en ese momento acaba de nacer un nuevo ídolo para la afición. Lo que unos llevan ganándose años y años, ese sujeto lo ha conseguido en apenas mes y medio.


Y si, seguramente todos los que ahora me leen saben que hablo de Dorlan Pabón, quizás las imágenes de arriba tengan algo que ver, pero por si acaso, es mejor despejar las dudas. Y es que lo de Dorlan, que el domingo volverá a la que fue su casa, que digo casa, a lo que fue su templo, fue una de esas historias de amor de verano que Heliópolis tardará en olvidar. El colombiano llegó como un fichaje de urgencia para una zona en la que el Betis empezaba a ser demasiado previsible. Los goles de Rubén y Molina ya no eran tan frecuente como antes, Campbell empezaba a notar el cansancio de tener que ayudar al lateral derecho en cada jugada y Juan Carlos estaba lesionado. Sin embargo, el Betis no podía seguir perdiendo puntos porque tenía la Europa League más a tiro que nunca, y empezaba a tontear demasiado, preocupándose más de resultados ajenos que le permitieran seguir en la quema que de los suyos propios. Pero entonces apareció Pabón, defenestrado en el Parma y con el hecho de que antes de recalar en Sevilla, ya había firmado un contrato con el Monterrey mexicano, lo que suscitó la crispación de los aficionados béticos, que veían en el colombiano un hombre de paso que venía a disfrutar de unas vacaciones anticipadas en la maravillosa ciudad andaluza. Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula. Tras tres partidos en los que empezaba a dejar buenas sensaciones, el Benito Villamarín y la visita del Málaga fueron el punto de inflexión que le sirvió al colombiano para empezar a ganarse el cariño de la afición. El siguiente partido, en Anoeta, fue la confirmación. Dos goles más acompañado de un recital ofensivo de tiros, pases, desmarques y rupturas en velocidad que sirvieron al Betis para empatar en uno de los fuertes más temibles de la liga la temporada pasada, en lo que fue uno de los partidos del año en España. Pabón empezaba a despegar y pocos podían cortarle las alas al ex de Atlético Nacional.

Pero todo esto quedó en pañales ante la gesta del Betis ante el eterno rival. Cualquier ídolo del beticismo necesita consagrarse antes frente al otro equipo de la ciudad, de lo contrario, nunca podrá disfrutar totalmente de esos galones. Alfonso, Jarni, Oliveira o más recientemente hablando, Beñat, saben de lo que hablo. Una especie de bautismo por el que todo ídolo bético debe pasar si quiere entrar en lo más profundo del corazón de los aficionados, y Dorlan lo hizo. El Betis perdía 0-3 en lo que estaba siendo una humillación en su propia casa, aún quedaba un cuarto de hora para el descanso del partido y los tres mil aficionados sevillistas que se dieron cita en el estadio bético pedían a su equipo una "manita" que ya habían conseguido en el partido de ida, era el pisoteo más doloroso para los verdiblancos. Era su estadio y estaban arrastrándose ante su gente. Pero entonces, poco antes del descanso, surgió la figura del colombiano. En una jugada sin aparente peligro, en la que nadie podría pensar siquiera que de ahí podría nacer algo peligroso. Pero él la luchó. Medel arriesgó con un balón templado cerca de su área y la bola tocó en la espalda de Dorlan, lo que vino después se refleja a la perfección en la imagen de abajo.


Fue la premisa de un resurgimiento que dejó a los béticos extasiados a la par que se lograba que el eterno rival se fuera del estadio sin unos puntos que tenían irremediablemente en su mano. Fue ese hecho lo que terminó de convencer a los béticos para que de ahí en adelante, y hasta el final de la liga, el nombre de Dorlan Pabón se coreara semana tras semana entre los aficionados verdiblancos. Había llegado como un refuerzo de urgencia, sin ninguna garantía de que aquella relación pudiera funcionar, y acabo por ser una de las historias más bonitas que siguen en la mente de cualquier seguidor bético. El destino ha hecho que este Domingo, Pabón se vuelva a reencontrar con los que un día fueron sus seguidores, ahora con otra camiseta y otros intereses que defender, pero que no quepa ninguna de que volverá a marcharse del estadio con una ovación más a sus espaldas.